# Amelia Earhart — Spanish story

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Published: 2026-09-28

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## Story

Amelia Earhart nació en 1897 en Atchison, una ciudad pequeña de Kansas. Desde niña tuvo una curiosidad enorme y una energía que nadie podía contener. Las actividades típicas de otras niñas de su generación no le interesaban; prefería la aventura y el riesgo. A los siete años construyó una rampa en el techo del garaje de su familia, inspirada por los pájaros que veía volar, y se lanzó desde allí. El resultado fue un pequeño desastre: cayó con fuerza y se rompió la ropa. Su ánimo, en cambio, quedó intacto. «¡Es como volar!», dijo, con una sonrisa. No podía imaginar que esa palabra iba a definir su vida.

Amelia coleccionaba artículos sobre exploradores, científicos e inventores. Guardaba un álbum con las biografías de personas que habían triunfado en profesiones poco comunes. Durante la Primera Guerra Mundial vivió una temporada en Toronto, en Canadá, y trabajó como voluntaria en un hospital militar, con los soldados heridos que volvían de Europa. Allí vio por primera vez a pilotos militares practicando maniobras en el cielo. La imagen se le quedó grabada.

Terminada la guerra, probó varias profesiones. Estudió medicina un tiempo, trabajó de fotógrafa y hasta operó maquinaria de construcción para ganar un dinero extra. Ninguna de esas ocupaciones la satisfacía. En 1920, en una exhibición aérea en California, subió como pasajera en un aeroplano pequeño. En el instante en que el motor rugió y el aparato se elevó sobre la tierra, lo comprendió: eso era lo suyo. Desde ese día, la aviación dominó su vida.

Empezó a tomar lecciones con una instructora pionera, Neta Snook, y aceptó todos los empleos temporales que encontró para pagar su entrenamiento. En 1923 obtuvo su licencia oficial de piloto. Poco después compró su primer aeroplano: un modelo pequeño y ágil, de color amarillo brillante, que ella bautizó «El Canario». Con esa máquina modesta estableció un récord de altitud para mujeres piloto.

En 1928 ocurrió algo que la transformó de piloto talentosa y casi desconocida en celebridad internacional. Un grupo de organizadores buscaba una mujer para viajar como pasajera en un vuelo transatlántico, y la eligieron a ella. La nave, con dos pilotos a los mandos, cruzó el Atlántico sin incidentes graves. De un día para otro, Amelia era famosa en Estados Unidos y en Europa. Los periodistas la comparaban con Charles Lindbergh, y su cara apareció en revistas, periódicos y programas de radio de todo el continente.

Pero el papel de pasajera no la satisfacía. Quería cruzar el Atlántico ella sola, a los mandos. En 1932, cinco años después del vuelo de Lindbergh, despegó de Terranova, en Canadá, en un Lockheed Vega, con rumbo a Francia. Durante la noche encontró tormentas violentas, hielo en las alas y problemas mecánicos en los instrumentos y en el sistema de combustible. En un momento crítico, el altímetro dejó de funcionar. Tuvo que calcular la altitud por intuición y experiencia, sin un solo instrumento que la guiara en la oscuridad. Mantuvo el control. Después de casi quince horas de vuelo sobre agua negra, aterrizó en una zona rural de Irlanda del Norte y sorprendió a un granjero que nunca había visto un aeroplano. Era la primera mujer que cruzaba el Atlántico en solitario, y aquel triunfo la convirtió en una de las figuras más respetadas de la aviación.

Los años siguientes trajeron más récords: un vuelo en solitario de Hawái a California, otro de México a Nueva Jersey y muchas distinciones de organizaciones internacionales. Publicó dos libros sobre sus experiencias y se casó con George Putnam, un hombre del mundo de los libros y la publicidad, que organizó buena parte de su carrera pública. Con dinero, contactos en la industria aeronáutica y una reputación sólida, Amelia empezó a planear su proyecto más ambicioso: dar la vuelta al globo por una ruta cercana al ecuador, la distancia más larga posible. Unos 47.000 kilómetros. Ningún aviador lo había completado nunca.

Para esa misión eligió un aeroplano bimotor moderno, un Lockheed Electra 10E, modificado con tanques de combustible adicionales e instrumentos de navegación avanzados para la época. Como compañero de vuelo contrató a Fred Noonan, un navegante con mucha experiencia en rutas transoceánicas para las líneas aéreas comerciales. Noonan tenía que calcular la posición exacta del aeroplano con instrumentos astronómicos, señales de radio y cálculos matemáticos, sobre todo en las secciones sin ninguna referencia visual.

El primer intento terminó mal. En marzo de 1937, en Hawái, el aeroplano sufrió un accidente durante el despegue y quedó con daños extensos que exigieron reparaciones costosas. Amelia no se desanimó: organizó un segundo intento, esta vez en la dirección contraria, de oeste a este. El primero de junio de 1937 salió de Miami con Fred Noonan. Era el comienzo de su última aventura.

La ruta era global: Puerto Rico, Venezuela, Surinam y Brasil, desde donde cruzaron el Atlántico hacia África. Después Senegal y otros territorios africanos, entre ellos Sudán y Etiopía; luego Arabia Saudita, Pakistán, India, Birmania, Tailandia, Singapur, Indonesia y, por fin, Australia. En cada escala, los mecánicos revisaban el aeroplano y los técnicos comprobaban los instrumentos. Amelia descansaba un poco antes de continuar. Transmitía informes por radio y por telégrafo, y los periódicos publicaban noticias diarias sobre su progreso. El público seguía la expedición con fascinación, y ella se transformó en un símbolo de la exploración humana: calor tropical, tormentas monzónicas, terreno hostil, y aquella mujer continuaba.

El 29 de junio de 1937, después de casi un mes de viaje, Amelia y Noonan llegaron a Lae, en Nueva Guinea. Habían completado unos 35.000 de los 47.000 kilómetros. Faltaba la sección más difícil: cruzar el Pacífico, con una escala crítica en una isla diminuta llamada Howland, de apenas dos kilómetros de longitud, perdida en la inmensidad azul.

El 2 de julio de 1937, a las diez de la mañana, hora local, despegaron de Lae rumbo a Howland: unos 4.000 kilómetros sobre agua abierta, sin una sola referencia visual en toda la ruta. El plan dependía de dos cosas: la navegación precisa de Noonan y la comunicación constante con el Itasca, un barco de la Guardia Costera estadounidense posicionado cerca de Howland para transmitir señales de radio y guiarlos hasta el destino.

Las primeras horas pasaron sin complicaciones. El aeroplano avanzaba sobre el océano bajo un cielo con estrellas. Noonan calculaba la posición con un sextante y observaba las estrellas por una pequeña ventana de la cabina; Amelia mantenía el motor a una velocidad constante para conservar el combustible. Con el amanecer, sin embargo, empezaron los problemas. Las nubes cubrían el horizonte, la visibilidad se redujo y vientos impredecibles alteraban los cálculos de Noonan y empujaban el aeroplano fuera de su ruta sin que ellos lo notaran. Había además un problema técnico grave: la radio de Amelia no operaba en la misma frecuencia que el equipo del Itasca. La comunicación era fragmentada y frustrante para los dos lados.

A las 6:14 de la mañana, Amelia transmitió un mensaje: estaban cerca del destino, pero no podían localizar el barco entre las nubes. Los operadores del Itasca respondieron una y otra vez con señales potentes. Ella no parecía recibirlas. Cada hora que pasaba aumentaba la tensión a bordo del barco. El combustible, mientras tanto, disminuía.

A las 7:42 llegó el mensaje decisivo: volaban en una línea de posición determinada, buscaban la isla sin resultado y el combustible se estaba agotando. Según los operadores de radio que la escucharon aquella mañana, su voz mantenía un tono calmado, casi profesional. Fue la última comunicación clara del aeroplano.

Después vino el silencio. El Itasca continuó transmitiendo durante horas, esperando una respuesta, una señal mínima. No llegó nada. El aeroplano de Amelia Earhart y Fred Noonan había desaparecido sobre el Pacífico.

La Marina y la Guardia Costera de Estados Unidos organizaron la operación de búsqueda más extensa y costosa de la época: barcos, aeroplanos y miles de personas durante semanas, sobre un área de océano comparable a un continente pequeño. Examinaron islas, atolones y secciones enormes de agua abierta. No encontraron nada: ni restos del aeroplano, ni señales de los dos aviadores, ni evidencia de su destino final.

La desaparición se convirtió en uno de los misterios más comentados del siglo veinte. Con las décadas surgieron teorías. Algunos investigadores proponían que el aeroplano simplemente cayó al mar al agotarse el combustible. Otros sugerían que Amelia y Noonan lograron un aterrizaje de emergencia en una isla remota y sobrevivieron un tiempo como náufragos. Las versiones más extravagantes hablaban de capturas militares extranjeras o de misiones secretas de espionaje. Expediciones modernas, con tecnología submarina avanzada, continúan explorando el fondo del Pacífico en busca de fragmentos del aeroplano. Hasta hoy, el misterio no tiene solución.


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